Germán Salto
Música de altos vuelos
Germán Salto vuela alto, tanto como piloto como músico. Y es que la música le hace volar sin necesidad de despegar los pies del suelo. Cuando está a 10.000 metros de altura observa tanta belleza que su pozo de inspiración queda colmado. Al aterrizar, lo vuelca en canciones como las que integran su segundo álbum en castellano: ‘Ojo de bife’. Una invitación a viajar a tierras californianas.
Unos días, Germán Salto (Madrid, 1984) surca los cielos a los mandos de un avión de pasajeros. Otros, se sube a un escenario con la guitarra que le acompaña durante esos viajes. Piloto y músico, músico y piloto. Lo mismo da el orden porque Germán siente idéntica pasión. También orgullo porque, para él, pilotar en Iberia —la aerolínea donde lo hizo su padre— “es como estar en el Real Madrid de la aviación”, a lo que suma el aplauso de público, crítica y músicos cuando desciende la escalerilla. Su último trabajo, Ojo de bife (Calaverita Records), ha vuelto a recibir unánimes elogios. Una colección de canciones de serena calidez y atemporal belleza. Una delicia para los amantes de la americana producida por Ricky Falkner, que ha colaborado con figuras como Love of Lesbian, Iván Ferreiro, Sidonie, Zahara, Lori Meyers, Quique González, Luz Casal o Mikel Erentxun. Ajeno a presiones comerciales, en gran medida por la tranquilidad que le da tener otra profesión, Germán goza de una libertad que lleva a gala y que le convierten en una rara avis dentro de la industria. Un privilegio del que es consciente y al que no piensa renunciar. En plena gira, próximamente visitará Zaragoza (26 febrero), Logroño (27 febrero), Bilbao (28 febrero), Gijón (13 marzo), Sevilla (9 abril) y Granada (10 abril).
Lo de la aviación te viene por tus raíces, pero ¿y la música? ¿Cómo surge esa pasión?
Mi padre era muy musiquero y me crie escuchando Simon & Garfunkel, Bob Dylan, Elvis Costello… Pero en casa nadie tocaba o cantaba. También estaban mis tíos, los hermanos de mi madre, que eran muy roqueros y me descubrieron un montón de música increíble siendo adolescente. Al principio, en las entrevistas siempre decía que todo se lo debía a ellos, pero me dijeron: “No digas eso porque le dábamos la misma chapa a nuestros 90 sobrinos y ahora el único con talento musical eres tú”. En mi primera banda uno de ellos tocaba el bajo. Fueron claves en mi iniciación en la música.
Dicen que tienes unos 7.000 vinilos y afirmas que antes que músico eres melómano. ¿Se refleja eso en tus discos?
Sí, influye mucho. Siempre digo que lo que me hace bueno a mí, en mayor o menor medida, es escuchar tanta música y estudiar lo que han hecho los que me precedieron. Me ha ayudado a saber qué me gusta y qué no. También a entender que me atraen especialmente los artistas con mucha carga emocional, aquellos que tienen algo que decir. Han perfilado el tipo de artista que soy yo. Respecto a los vinilos, antes tenía un Excel donde los apuntaba, pero me pudo la vagancia y lo abandoné. Dejé de contar cuando tenía 7.000, así que ahora tendré alguno más [risas].
“Mi situación es perfecta y bienvenido sea todo el éxito musical que pueda venir, pero la aviación también me apasiona y nunca la voy a abandonar”
¿Cómo es compaginar tu labor como piloto con una carrera musical?
Para que te hagas una idea de mi amor por la música: soy copiloto de largo radio, algo extenuante para el cuerpo, y he renunciado a hacer el curso de comandante de corto radio porque tendría menos días de descanso y menos tiempo para la música. Así puedo seguir componiendo, ensayando, cerrando conciertos y grabaciones… Otros pilotos no entienden mi decisión de renunciar a ser comandante por la música, pero es mi pasión.
Germán Salto ha contado con Nina de Juan (Morgan) para uno de los temas de ‘Ojo de bife’. © Sara Irazábal
¿Alguna vez has sentido que tenías que elegir o consideras que sin lo uno no serías lo otro?
Creo que podría ser cada cosa por separado, pero mi vida es más plena con ambas. Nunca me he visto en la situación de tener que elegir porque la música es un mundo dificilísimo. Al inicio lo veía como una cosa negativa porque pensaba que era mejor hacer una cosa bien que dos mal, pero con el tiempo me di cuenta de que no, que al final uno saca igualmente lo mejor que tiene dentro. Además, así puedo hacer el disco que me apetezca. Mi situación es perfecta y bienvenido sea todo el éxito musical que pueda venir, pero la aviación también me apasiona y nunca la voy a abandonar.
¿Crees que tus viajes enriquecen tu música? ¿Te surge la inspiración lejos de casa?
Conocer sitios nuevos siempre es un estímulo. Incluso a bordo del avión veo paisajes preciosos que me ayudan a llenar el pozo de la inspiración. Cuando estoy en Los Ángeles y me desvelo a las tres de la mañana me pongo a leer, a escribir, a componer… Me llevo una guitarra eléctrica y no la enchufo para no molestar al de la habitación de al lado. También viajo con una armónica porque la toco muy mal y quiero mejorar, pero luego siempre se me olvida que la llevo. Alguna vez, al pasar el control de seguridad, la han confundido con un cargador de pistola y no veas [risas].
“Conocer sitios nuevos siempre supone un estímulo. Incluso a bordo del avión veo paisajes preciosos que me ayudan a llenar el pozo de la inspiración”
Si tu último álbum, Ojo de bife, fuera un viaje, ¿adónde nos trasladarían sus canciones?
Te diría que a California. O eso me gustaría creer. Por el tipo de canciones, pero, sobre todo, por el tipo de producción e instrumentación. Aunque el título remita a Buenos Aires, me lo imagino más como un disco que se hubiera podido grabar en California.
Has colaborado con grandes figuras del mundo de la música. Sin ir más lejos, Ojo de bife cuenta con la participación de Nina de Juan (Morgan). ¿Como has establecido esas conexiones?
Sinceramente, y está mal que yo lo diga, suelen venir porque mi música les gusta. También a los periodistas especializados. El gran público es mi asignatura pendiente. En concreto, Nina, Paco y Ekain, de Morgan, tocaban en mi banda cuando no eran tan conocidos. Cuando lo petaron les tuve que despedir, por mucho que fueran mis mejores amigos [risas]. “Si no vais a poder venir nunca prefiero tocar con otra gente más veces que con vosotros una vez al año”, les dije. Ellos son los primeros que quieren que me vaya bien. Nina canta conmigo en Te oí decir. Tiene una voz tan especial… te enamora de primeras.
Germán Salto, además de músico y piloto de largo radio de Iberia, es un gran melómano. © Sara Irazábal
¿Crees que compatibilizar la música con un trabajo fijo te da una libertad de la que no gozan otros músicos?
Al 200%. Te voy a poner un ejemplo. Antes de volcarme en mi proyecto musical iba de guitarrista con otros. Me encanta cuando el foco apunta a otro y yo estoy a un lado del escenario tocando la guitarra. Además, te quita presión. Pero por aquella época dije sí a proyectos que no me gustaban y, poniéndome cursi, eso daña el alma. También me torturaba por el artista al que acompañaba. Yo salía al escenario casi pidiendo perdón. Era triste y decidí que no quería pasar por eso nunca más. No tenía necesidad. Me encanta tener la libertad de hacer lo que me da la gana y ser feliz con ello.
La crítica musical siempre se ha deshecho en elogios hacia ti. ¿Cómo llevas que valoren tanto tu talento?
De primeras, siento agradecimiento y felicidad. Luego llega un momento en el que me da como vergüenza y pienso: “No me pongáis tan bien porque luego la gente va a decir: qué buena prensa tiene este tío, ¿no?” [risas]. Hubo un periodista en Onda Cero que me dijo que le gustaba más mi disco que los últimos cinco de Neil Young. Te lo crees un poco y cuando publicas algo que pasa desapercibido lo echas de menos… Te vuelves adicto. Al final todos somos humanos y nos gusta que aquello a lo que le ponemos tanta energía guste a la gente.
Y ya que hablamos de talento. ¿Qué significado encierra esa palabra para ti?
Para mí el talento no es algo que se tenga o no se tenga en mayor o menor medida, creo que es algo más fluido. Y pasa algo curioso: quien más talento tiene suele restarle valor y achacarlo más al trabajo y la disciplina. Por ejemplo, Beethoven decía que el talento era el 2%, que lo realmente importante era el trabajo. Yo me pongo un disco de Elliott Smith y siempre pienso que, por mucho tiempo que le dedique, nunca voy a alcanzar su nivel. Te diría que el talento reside en la diferencia entre lo bueno y lo excepcional.