Jon Gorospe
Repensar la ciudad
Con sus imágenes, Jon Gorospe nos invita a repensar la ciudad, algo que dialoga con una de las grandes citas de PHotoESPAÑA 2026: ‘Volver a imaginar’, la cual reúne a destacadas figuras de la fotografía. Su objetivo es registrar el paisaje urbano, reflexionar sobre sus problemáticas —la homogeneización de las ciudades, la mercantilización del espacio público o la hostilidad de cierta arquitectura— y señalar cómo impacta en la vida de las personas.
Cuando Jon Gorospe (Vitoria-Gasteiz, 1986) sale a la calle con su cámara se lanza, cual flâneur, a una deriva, a un vagar movido por la curiosidad y la intuición. El fruto de esa contemplación es un trabajo fotográfico que analiza el impacto del ser humano sobre el paisaje, siendo la ciudad su máxima expresión. Tiene un objetivo: señalar ciertas problemáticas y, por qué no, ofrecer soluciones, ya sea ahora o en el futuro: “Me gustaría que mi archivo pudiera revisitarse en el futuro. Que sirviera para observar la evolución de ciertas problemáticas urbanas y repensar soluciones”, apunta Jon. Lo bueno para nosotros es que podemos hacerlo en el presente, ya sea en Volver a imaginar —del 5 de junio al 27 de septiembre en el Círculo de Bellas Artes— o en Urban Morphologies —hasta el 28 de junio en Kutxa Fundazioa (Tabakalera)—.
La primera es una de las grandes citas de PHotoESPAÑA 2026 —cuenta con el patrocinio de Iberia— y supone una expansión del programa PHotoESPAÑA PRO Talento a bordo. Afincado en Oslo desde hace una década, Jon celebra exponer en Madrid y hacerlo junto a artistas de la talla de Aleix Plademunt, Ira Lombardía, Txema Salvans, Lurdes Basolí, Rafael Trapiello o Arguiñe Escandón, entre otros. Un talento que anhela tenga mayor visibilidad en Escandinavia: “El talento español no se conoce todo lo que se debería. Aquí, en Escandinavia, es muy raro ver una exposición de un fotógrafo español. Recientemente he abierto un espacio de arte en Oslo junto a otros compañeros y mi intención es programar exposiciones y actividades con las que llenar ese vacío. Quiero que Umarell sirva de puente entre el país que habito y del que procedo”. La segunda, Urban Morphologies, reúne una selección de proyectos en los que Jon explora la capacidad de la arquitectura urbana para transformar la vida de las personas. Así aborda cuestiones como la pérdida de identidad de las ciudades, la creciente presencia de la publicidad en el espacio público, la arquitectura hostil pensada para excluir y no para integrar, etc. Cuestiones que, como descubriremos a continuación, llamaron la atención de Jon desde bien jovencito.
Te criaste junto a un skatepark y, aunque suene raro, tanto tu pasión por la fotografía como tu forma de entenderla surgen en ese enclave urbano, ¿no?
Sí, desde pequeño empecé a hacer deportes que tenían que ver con ese espacio: skate, roller y, sobre todo, BMX. Me dio una forma de entender la ciudad bastante lúdica. La fotografía vino en paralelo porque me interesaba —siempre tuve cámaras— y documentaba todo lo que hacíamos: los viajes, las competiciones, el estilo de vida… Se produjo una simbiosis entre fotografía y ciudad. A medida que crecí, fui aparcando la bici y tomando más la cámara.
Has convertido el paisaje urbano en el eje de tu trabajo, algo que te incita a viajar bastante. ¿Qué importancia tiene el viaje en sí dentro de tu actividad?
Muchísima. Yo pertenezco a esa generación que vio como se democratizaba el viajar. Cogí carrerilla porque los viajes eran muy económicos y teníamos a tiro de piedra un montón de ciudades europeas. Como me interesaba la fotografía, empecé a viajar a tope y a integrar esa idea de fotografía, ciudad y viaje. De hecho, mis primeros proyectos tenían mucho que ver con esa idea de viajar, del tránsito de un lado a otro. Y siempre me ha interesado la idea de Europa como un territorio común que nos facilitó estudiar fuera, viajar sin pasaporte y establecer conexiones.
“Como me interesaba la fotografía, empecé a viajar a tope y a integrar esa idea de fotografía, ciudad y viaje”
En tus series revelas la creciente despersonalización de las ciudades. Para alguien nacido en un territorio con una identidad tan reconocible como el País Vasco, ¿ese proceso resulta especialmente doloroso?
Se produce una paradoja: por un lado, la pérdida de identidad de los espacios es un proceso doloroso, pero, al mismo tiempo, es parte de la evolución humana; la migración y el intercambio cultural están ahí desde siempre. Siento pena, pero también fascinación. Lo que más me interesa es la exponencialidad de ese proceso en los últimos años. Yo soy migrante —vivo en Noruega desde hace 10 años— y esta nueva familiaridad, fruto de esa homogeneización, me acompaña. Al final, como los sitios tienden a parecerse, no hay nada que te extrañe y eso facilita tu integración.
Has intervenido en espacios públicos y has propuesto soluciones para mejorar el día a día de los ciudadanos. ¿La fotografía puede ser una herramienta social y política?
Creo que sí, por intentarlo que no quede [risas]. Siempre digo que mi trabajo tiene tres patas. La primera es la creación de archivo, que tiene que ver con el puro registro de fenómenos en la ciudad. La segunda son proyectos expositivos en los que abordo temas muy concretos. Y la tercera guarda relación con la intervención del espacio. Me gusta la idea de registrar y documentar para después hablar de problemáticas y, si se puede, proponer soluciones. Por ejemplo, hice una intervención lumínica en unos túneles cerca de Oslo. No eran túneles agradables de transitar porque eran muy oscuros y propuse crear unas cajas de luz con cientos de fragmentos de cielo que la gente había registrado y colgado en Internet en aquella misma zona.
“Me gusta la idea de registrar y documentar para después hablar de problemáticas y, si se puede, proponer soluciones”
¿Qué significa para ti participar en la exposición Volver a imaginar y compartir cartel con grandes figuras de la fotografía nacional e internacional?
Estoy muy contento. Son compañeros a los que sigo desde hace años y es bonito juntarse para citas como esta. La idea de Volver a imaginar tiene que ver con el repensar, aunque sea desde un punto de vista utópico. Y, cuando hablamos de fotografía, se repiensan los temas que tratamos, pero también el propio medio. En mi caso, la pieza será una instalación de videomapping con fotografías animadas de mi proyecto The Grid, donde abordo la idea del commuting, el cómo nos movemos en las grandes ciudades. Mucha gente se pasa todos los días dos horas en el transporte para ir y volver de su centro de trabajo y la serie explora esa alienación.
En tu fotografía convive lo racional con lo emocional. ¿Cómo alcanzas ese equilibrio a la hora de capturar los espacios?
Yo trabajo con la dinámica del flâneur, saliendo a la deriva y fotografiando por impulsos emocionales. Luego, cuando empiezo a archivar, pongo en diálogo las imágenes y detecto patrones que se repiten y temáticas en las que quiero ahondar. Aunque mis proyectos tienen ese componente racional, no me gusta dejar de lado la intuición. La intuición es muy importante cuando trabajas en la calle porque te lleva a sitios que no habías pensado en un principio. A mí me gusta, como decía el fotógrafo Paul Graham, salir a la calle con una idea y dejar que la vida me lleve por otro lado.
Llevas más de una década ejerciendo tu actividad artística fuera de España. ¿Cómo ves el talento fotográfico español desde la distancia?
En España hay mucho talento, pero, en ocasiones, las instituciones no están a la altura en lo relativo a la promoción de ese talento. La gran diferencia es que en Noruega hay muchos artistas que surgen gracias a las instituciones, mientras que en España surgen a pesar de las instituciones. ¿Qué es lo bueno? Que los que terminan teniendo éxito son espartanos, es decir, gente preparada para la batalla. Todos los sistemas tienen ganadores y perdedores, pero del nuestro sale gente muy buena, formalmente muy potente y con un armazón conceptual muy fuerte.