Erika Ewel

El hilo invisible

3 Febrero 2026 Por Roberto C. Rascón
Erika Ewel
La artista boliviana Erika Ewel presenta ‘De los retazos me construyo’ en Casa de América. © Cecilia Fernández

La artista boliviana Erika Ewel transforma materiales cotidianos, como el textil, en herramientas para visibilizar historias que unen lo íntimo y lo colectivo. Ahora, la exposición ‘De los retazos me construyo’ —en Casa de América— recoge una selección de sus obras. Obras que cuestionan los roles asignados a su género, reflexionan sobre los cánones impuestos al cuerpo femenino y desentrañan las complejidades sociales.

La mujer es la gran protagonista en la obra de Erika Ewel (Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, 1970), empezando por ella misma a tenor del carácter autobiográfico de numerosas de sus creaciones. “Desde los inicios, mi obra reflexiona acerca del universo femenino. En concreto, deconstruyo la mirada masculina y patriarcal ante el cuerpo definido como femenino y la sustituyo por mi propia mirada, también sobre mi propio cuerpo”, explica. Erika no solo cuestiona esa mirada —dada históricamente a la cosificación—, sino que resignifica los roles tradicionales asignados a su género y lo hace desde lo más íntimo, desde lo doméstico, para extraer lecciones colectivas. Hasta el 14 de febrero, su trabajo puede disfrutarse en la madrileña Casa de América —entidad que cuenta con el apoyo de Iberia— bajo el título De los retazos me construyo.

Erika, como ella misma rememora, fue una de las primeras artistas bolivianas en poner el foco en la mujer: “Valia Carvalho y yo representamos un cambio generacional en el arte boliviano. Fuimos precursoras en establecer la temática de lo femenino como punto de reflexión”. Como pionera que abrió camino a las que vinieron detrás, se permite dar un toque de atención: “Actualmente somos muchas más abordando este tema y, en ocasiones, las nuevas generaciones olvidan las luchas pasadas”. Las piezas presentes en la exposición De los retazos me construyo, que oscilan entre la abstracción y la figuración, proceden de su serie Trama silenciosa: la delicadeza del textil. A través de ellas, la artista aborda otros temas invisibilizados, como la identidad de género, las condiciones laborales, la conciencia ecológica o la memoria colectiva.

“Una vez domino una técnica, me aburro y parto hacia otra. También busco cual se adecúa mejor a lo que quiero expresar”

La exposición, comisariada por Marisabel Villagómez, reúne decenas de obras creadas con un material tan cotidiano como el textil. Consciente de las connotaciones de género asociadas a ese medio —relacionadas con el trabajo doméstico—, Erika lo utiliza para desafiar las jerarquías impuestas y contar historias personales y colectivas, transformando la Sala Guayasamín de Casa de América en un espacio de resistencia, memoria y reflexión. Con cada puntada, la artista nos recuerda que hasta el gesto más pequeño puede esconder una enorme carga política y que las grandes luchas no siempre ocurren en espacios públicos, sino que se tejen en silencio, dentro de los hogares. “El textil me da la libertad de crear sin seguir un patrón, es dibujo libre —apunta—. Lo trabajo como un collage, armando la pieza en base a retazos que me encuentro para luego coserlos, ya sea a máquina o a mano. En los últimos ocho años me he enfocado en el arte textil”. A lo largo de su trayectoria, que abarca más de tres décadas, Erika se ha destacado como una artista multidisciplinar que apuesta por la experimentación. Así ha explorado la pintura, la fotografía, el bordado, el collage, la instalación, el libro-objeto… ¿De dónde surge tanta inquietud? “Una vez domino una técnica, me aburro y parto hacia otra —confiesa—. También busco cual se adecúa mejor a lo que quiero expresar”.

Más allá de las bienales internacionales, para una artista boliviana no es fácil exponer fuera de su país, al que Erika dibuja como una especie de isla en términos artísticos. “Vivimos aislados —se lamenta—. Por esa razón, mostrar mis obras en Casa de América es el equivalente a tender un puente”. Si dedicarse en exclusiva al arte es un acto heroico en cualquier lugar del mundo, más aún lo es en Bolivia. “Necesitas mucha perseverancia, mucha resistencia… Tienes que estar preparado para cualquier eventualidad en un país marcado por las crisis políticas, sociales y económicas. En definitiva, vivir del arte en Bolivia es un verdadero desafío y sólo lo logras con mucha tozudez. Es como correr una maratón”. Quizás por eso, Erika decidió desplegar sus alas siendo joven y marcharse a Brasil y México para formarse. En concreto, cursó una Licenciatura en Bellas Artes con orientación en dibujo en la Universidad Federal de Minas Gerais (UFMG) en Brasil y una Maestría en Artes Visuales con orientación en pintura en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Una experiencia que recomienda a sus compatriotas: “Los jóvenes tienen que salir a explorar el mundo”. De hecho, reconoce que, de haber podido, ella lo hubiera hecho más: “Mi generación no disfrutó de las residencias artísticas, para salir tenías que hacerlo con un itinerario académico. Cuando a lo largo de los 2000 se produjo el boom de las residencias, mis hijas eran muy pequeñas; si no, me hubiese pasado el tiempo viajando y conociendo mundo”.

Retorno a la raíz
Tras varios años en el extranjero, Erika regresó a sus raíces para realizar un posgrado con Roberto Valcárcel —el artista con el que inició sus estudios de arte con 14 años— en la Universidad Santo Tomás de La Paz y, a partir de ahí, desarrollar una sólida carrera. Su obra, como ella misma reconoce, no se entiende sin Bolivia. Así lo explica: “Pienso en el cuerpo como territorio y en el territorio como cuerpo. En el cuerpo se registra lo vivido, mi historia en mi país y sus territorios atraviesan mi obra”. Y pone un ejemplo concreto vinculado al textil con el que elabora desde hace unos años la mayoría de sus obras: “Bolivia es un país donde la tierra y el agua están siendo devastadas por la minería ilegal. El agua que llega a las ciudades está contaminada con mercurio. Esa realidad, que forma parte del entorno que habito, se filtra en mi obra cuando trabajo con los textiles teñidos, oxidados, sumergidos o desgastados que me encuentro”. Otra historia invisibilizada por las narrativas dominantes a la que Erika, aunque sea desde los márgenes, otorga voz a través de su arte.

“El talento es la capacidad para brillar en algo que, además, te hace feliz”

En la exposición De los retazos me construyo también hallaremos guiños a sus raíces, concretamente en las piezas de su serie más reciente, Paisajes, las cuales dialogan con la obra de su compatriota Inés Córdova (1927-2010). “La obra de Inés ha sido una referencia importante para pensar lo textil desde un lugar conceptual y no subordinado”, afirma sobre una de sus grandes inspiraciones. La serie, además, evoca la fuerza del altiplano boliviano: una geografía austera, luminosa y simbólica que, citando a la comisaria Marisabel Villagómez, entronca con “los paisajes interiores de un cuerpo atravesado por un imperio de narrativas dominantes”. Con esas piezas Erika nos invita a tirar del hilo, a mirar más allá de la superficie, a descubrir las huellas invisibles del dolor, la opresión y la historia colonial que se esconden en la vida cotidiana. Los trabajos de Erika nos señalan que estamos ante un talento único, tan íntimo y personal como su inspiradora definición de esa palabra: “El talento es la capacidad de brillar en algo que, además, te hace feliz”. Si nos paramos a pensar en la frase, ¿hay algo mejor que eso?