Salomé Esper

La extraña realidad

9 Junio 2026 Por Roberto C. Rascón
Salomé Esper, escritora
La escritora argentina Salomé Esper participa en la Feria del Libro de Madrid 2026. © Paula Luvatti - Sigilo

La literatura de Salomé Esper invoca otra realidad, una donde lo fantástico se funde con lo cotidiano. Un gusto por lo extraño que, de alguna forma, heredó de su familia, de las insólitas historias que compartían cada vez que se reunían. Con una novela —‘La segunda venida de Hilda Bustamante’— y un libro de relatos bajo el brazo —‘Querer es perder’— se presenta por primera vez en la Feria del Libro de Madrid.

¿Y si la escritura se agotara? A Salomé Esper (Jujuy, Argentina, 1984) ese pensamiento le inquieta: “Me parece una posibilidad, así que mejor estar preparada. A veces pienso que ya tuve mi última idea y que se acabó para siempre. Cada vez que publico algo me ocurre”. Una reflexión que perfectamente podría dar pie a una de las historias de la escritora argentina, donde lo fantástico irrumpe en la vida de sus protagonistas con una mezcla de humor, melancolía y ternura. Hablamos, por ejemplo, de una resurrección a destiempo, como en su aplaudida primera novela: La segunda venida de Hilda Bustamante. Después entregó un delicioso libro de relatos, Querer es perder, donde ahondó en ese tipo de narrativas. Detrás laten reflexiones sobre la familia, el deseo, la pérdida, la maternidad, la identidad, la soledad… A escasos días de tomar un vuelo rumbo a Madrid para asistir por primera vez a la Feria del Libro —un evento patrocinado por Iberia— nos confiesa las ganas que tiene de participar en los eventos programados con ella —como en la apertura de La Cabina del Libro de Iberia—, pero, sobre todo, de llevarse un buen puñado de libros en la maleta.

¿Cómo nace tu relación con las palabras y con la escritura? ¿Siempre tuviste esa vena creativa?
Antes de escribir narrativa escribía poesía. Con unos diez años empecé un cuadernito. Siendo pequeña ya decía que iba a ser escritora. Cuando estaba aprendiendo a escribir, peleaba con mi tía porque me decía que hacía las letras mal y que así nadie me iba a entender. Y yo le contestaba: “Mis lectores me van a entender”. Lo cual ahora no es necesariamente cierto [risas]. Con aquella edad no era una erudita como Borges, simplemente era una niña expresándome. En la escuela, cualquier cuestión que tenía que ver con la escritura era un espacio seguro para mí.

Antes de publicar tu primera novela, lanzaste dos poemarios. ¿Qué crees que ha heredado tu prosa de esa vena poética?
Me dicen que ven cierto estilo poético en mi prosa. Cuando escribo no me doy cuenta de eso, pero claro que hay una cuestión de jugar con el lenguaje, de endulzarlo, pero nunca lo identifiqué como algo que viniera directamente de la poesía. Más bien viene de la fascinación por el lenguaje, de ese gustito por regodearse en él. Cuando se publicó mi primera novela, volví a leer los poemarios y encontré que ahí ya había historias y personajes. Realmente la narrativa no era un mundo nuevo para mí. De hecho, el último poema de mi primer poemario es una especie de introducción a Hilda.

“En mi familia había un gusto por lo extraño, un anhelo por que esas situaciones integraran la realidad para luego relatarlas”

Lo fantástico puebla tu literatura. ¿Es una forma de huir de la realidad o una forma de afrontarla?
Que lo extraño, lo mágico, lo fantástico atraviesen de repente la realidad para mí es un anhelo. Cuando me preguntan de dónde vienen mis historias, las ubico en una especie de tradición oral porque en mi familia siempre hemos compartido historias sobre apariciones o cosas similares. Había un gusto por lo extraño, un anhelo por que esas situaciones integraran la realidad para luego relatarlas. Era una especie de invitación. Nunca lo identifiqué como una forma de escapar de la realidad.

Hilda Bustamante, la protagonista de tu primera novela, regresa de entre los muertos, pero no da precisamente miedo. ¿Cómo surgió el personaje?
Quería escribir un cuento —que terminó siendo una novela— y me puse a identificar qué tenían en común las ficciones que me gustaban. Era lo paranormal. Decidí que mi protagonista fuera alguien que volviera de la muerte y me parecía chistoso que fuera una señora mayor con una vida plena y sin una muerte trágica; en definitiva, alguien que no tuviera motivos para regresar. Ni la venganza ni nada parecido. Me imaginaba a la gente enojada, preguntándose por qué no resucitó alguien más joven, como pidiéndole productividad y justificación a un milagro. La vida y la muerte son en sí tan accidentales, tan aleatorias, que me gustaba esa perspectiva del absurdo.

Hilda ha despertado el cariño de los lectores. ¿Lo sientes en los encuentros que mantienes con ellos?
Sí, sí. Me gusta creer que hay algún plano donde Hilda existe realmente. Me llegó una polémica que hubo en España con una portada muy similar a la de Hilda y me daba risa leer los comentarios en redes porque la gente ni defendía la novela, ni me defendía a mí, ¡defendían a Hilda! Hablaban de Hilda como una entidad real. He recibido comentarios de gente que siente que la historia le sirvió de formas —como procesar el duelo— que para nada eran mi intención. Las interpretaciones de los lectores ya no dependen de una y eso es lo bonito.

Hablando de lectores… Vas a visitar la Feria del Libro de Madrid por primera vez. ¿Qué esperas encontrarte?
En realidad, estuve más pensando en qué libros podría encontrar que en lo que tengo que hacer allí [risas]. Me puse a indagar en los catálogos de las editoriales para elegir previamente y no abrumarme cuando llegue. Mi política es comprar libros de editoriales independientes locales que no pueda conseguir acá. Me encantó recibir la invitación de la Feria y eso que, cuando me llaman para participar en mesas, coloquios o conferencias, lo primero que pienso es “preferiría no hacerlo”. Pero la propuesta de la Feria, relacionada con el humor —un encuentro titulado Ficción delirante junto a Laura Chivite y Greta García— me encantó.

“Hace poco, en una charla con mi editor, Maxi Papandrea, nos preguntábamos: ¿qué están leyendo los hombres?”

Selva Almada, Mónica Ojeda, Elaine Vilar Madruga, Dolores Reyes, Brenda Navarro, Fernanda Melchor, Mariana Enríquez, tú misma… ¿Cuál es tu percepción sobre el boom de las escritoras latinoamericanas?
No me gusta hablar de moda porque dicho así parece una cuestión pasajera. Más bien es que, por fin, los lectores estamos dando espacio a las mujeres. Se aprecia una mayor circulación de sus libros y una mayor presencia en medios. En una obra de Les Luthiers decían aquello de: “Yo era un infeliz”. Y me siento identificada con esa frase. Yo también tenía prejuicios hasta que empecé a leer más a mujeres. Poco a poco, gracias a la divulgación del feminismo, los fui dejando atrás y adentrándome cada vez más. No sé si ocurre igual entre los hombres. Hace poco, en una charla con mi editor, Maxi Papandrea, nos preguntábamos: ¿qué están leyendo los hombres?

Saltaste a la novela con una editorial modesta, Sigilo. ¿Qué papel juegan ese tipo de editoriales a la hora de dar oportunidades a los nuevos talentos?
Sigilo me lo dio todo. Tuve mucha suerte en la materialización de mis libros. El trabajo que hacen las editoriales pequeñas es muy duro. Las grandes adquieren obras que ya han demostrado una proyección en el mercado. Las medianas y pequeñas no tienen esas certezas. Muchas veces las personas compatibilizan su labor editorial con otros trabajos para mantenerse. Es un genuino amor al arte. Cuando vi el catálogo de Sigilo pensé que mi novela podía convivir. Y me gustó su lema: “Verdad, misterio, locura y maravilla”.

“Me siento una recién llegada y me pongo el traje de escritora en las entrevistas o las presentaciones, pero después me lo quito”

¿Cómo compatibilizas tu jornada laboral de ocho horas, la cual guarda relación con el mundo editorial, con la escritura?
Mal. Ahora estoy sin escribir. Mis dos incursiones en la narrativa fueron en momentos muy específicos. El de Hilda coincidió con mi vuelta a Argentina tras vivir unos años en México… Me quedé en casa de mis padres en plena postpandemia y usé ese tiempo sin vida social para escribir. Con Querer es perder fue distinto porque ya estaba instalada en mi casa en Córdoba. En mi trabajo tengo que prestar mucha atención a la lectura, así que muchas veces termino y quiero desconectar. Me siento una recién llegada y me pongo el traje de escritora en las entrevistas o las presentaciones, pero después me lo quito. No es una cuestión cotidiana en mi vida, pero estoy dándome cuenta de que tengo que darle su espacio porque, aunque suene extraño con varios libros ya publicados, recién descubrí que realmente es lo que quiero hacer.