Gustavo Gimeno
Predestinado a la batuta
La batuta de Gustavo Gimeno, uno de los grandes directores de orquesta españoles, se pone al servicio del Teatro Real. Desde el pasado septiembre ejerce como director musical de la institución madrileña. Aplaudido tanto dentro como fuera de nuestras fronteras por su claridad, su versatilidad y su liderazgo, el músico que empezó como percusionista ha construido su carrera siguiendo una máxima: el afán por mejorar.
Gustavo Gimeno (Valencia, 1976) procede de una familia de gran tradición musical y siempre tuvo clara su vocación: “Al estar tan presente en mi familia, la música formó parte de mi infancia. Más que una elección, sentí que estudiar música y dedicarme a ella era la única posibilidad”. Ser fiel a sus raíces le ha llevado a desarrollar una carrera que, si tuviera que calificar con una palabra, sería: “¡Bella!”. Y nos explica por qué: “Me siento afortunado por hacer buena música rodeado de grandes artistas que, a su vez, son seres humanos especiales, únicos. Además, esta carrera me permite visitar muchos países y conocer otras culturas”. De viajar sabe bastante Gustavo, que además de director musical del Teatro Real —entidad patrocinada por Iberia—, lo es, desde 2020, de la Filarmónica de Toronto, recientemente de gira por España. Mismo cargo que ostentó en la Filarmónica de Luxemburgo entre 2015 y 2024. Además, en diciembre de 2025 debutó como director invitado en la prestigiosa Filarmónica de Nueva York. “Poder compaginar mi trabajo en el Teatro Real con el realizado junto a otras orquestas internacionales es una suerte”, recalca.
Gustavo, que ha paseado su talento por los mejores recintos del mundo, agradece al Teatro Real la confianza depositada en él: “Para mí es una alegría, un honor, una responsabilidad y una oportunidad para seguir creciendo artísticamente. Me hace mucha ilusión hacer ópera con mayor regularidad, hacerlo en la institución musical más relevante de mi país y, por si fuera poco, en una ciudad que me encanta: Madrid”. Sobre si su talento está lo suficientemente valorado en España, lo deja claro: “Siempre he sentido que mi trabajo se respetaba y se apreciaba en mi país”. En 2025 recibió la Orden del Mérito Civil por sus extraordinarias contribuciones a la música, su liderazgo en el ámbito de la clásica y su papel en la elevación de la cultura española en la escena mundial. Desde esa posición, aprovecha para reivindicar el talento de nuestros intérpretes: “Tenemos músicos buenísimos y cada vez hay más nutriendo importantes orquestas fuera de nuestras fronteras. Si lográramos atraerlos para que regresaran —o al menos para que permanecieran más tiempo aquí— sería fantástico”.
“Tenemos músicos buenísimos y cada vez hay más nutriendo importantes orquestas fuera de nuestras fronteras. Si lográramos atraerlos para que regresaran sería fantástico”
Cuando Gustavo se sube a un podio y sus dedos toman la batuta para la que estaba predestinado, su talento pone en marcha una maquinaria compuesta por decenas de músicos. ¿Qué cualidades ha de tener un director de orquesta para extraer lo mejor de cada uno de ellos? “Es una pregunta que nos hacemos muchos de nosotros —reconoce—. Desde luego, lo fundamental es el amor por la música, pero añadiría la buena preparación y el afán por mejorar. Yo intento aprovechar la oportunidad que me da este trabajo de crecer cada día. También citaría la honestidad”. La carrera de un director —apunta— implica mucho esfuerzo y sacrificio: “Es una forma de vida muy exigente porque lo profesional y lo personal se funden. Pasamos muchas noches fuera de casa, en solitario. También requiere un estudio y una responsabilidad constantes. No deja de ser una carrera de fondo y, de hecho, aspiro a que así sea”.
La carrera —de fondo— de Gustavo en el mundo de la música comenzó con la percusión, aunque siempre tuvo en mente coger la batuta. Su salto al podio, por tanto, no fue repentino, sino progresivo. “Me interesaba desde joven. En mi época de estudiante ya compaginaba mi labor como percusionista —y profesor— con mis estudios de dirección orquestal. Era una especie de hobby que me apasionaba. Ese era el espíritu”, explica. Así pasó a formar parte de un extraño linaje de maestros, el de aquellos procedentes de la percusión, donde hallamos nombres como los de Paavo Järvi o Simon Rattle. “En realidad no es tan poco habitual —matiza—. Antiguamente lo normal era llegar a la dirección orquestal desde el piano o el violín, pero ahora nos hemos familiarizado con músicos que llegan desde otros instrumentos, como los de viento-madera, los de viento-metal o los de percusión”.
“La música escrita cobra vida cuando unos seres humanos la interpretan y la ejecutan en un momento concreto para unos oyentes concretos”
El gran momento del Teatro Real
Desde el pasado septiembre —aunque su nombramiento se anunciara en julio de 2022—, Gustavo ejerce como director musical del Teatro Real. Un escenario que, en menos de tres décadas —desde su reapertura en 1997—, ha vuelto a situarse entre los mejores del mundo. Cuestionado por ese éxito, el músico tiene claras las claves: “Son la independencia, la estabilidad institucional a largo plazo y la buena gestión a varios niveles. Todos estos aspectos han sido aún más evidentes en los últimos años. Actualmente, el Teatro Real aúna la excelencia artística con una atención personal que atrae a muchos grandes artistas”. Gustavo aspira a mantener el listón alto y para lograrlo no dudará en arremangarse: el próximo 26 de abril protagonizará —junto al pianista Javier Perianes y al frente de la Orquesta Titular del Teatro Real— una de las grandes citas de la temporada interpretando obras de Maurice Ravel y Manuel de Falla. Además, entre el 14 y el 30 de abril se pondrá al frente de la dirección musical de la ópera La novia vendida.
El Teatro Real se ha mostrado abierto a nuevos repertorios, también a enfoques más contemporáneos sin renunciar a la tradición. Una visión que comparte Gustavo: “No creo que la llamada ‘tradición’ tenga un peso especialmente incómodo en la actualidad. Mas bien creo que los diferentes puntos de vista desarrollados en el último medio siglo han restado importancia a los cánones interpretativos. Ahora somos más conscientes de las diferentes posibilidades de acercamiento a una obra y su periodo histórico”. ¿Y cómo se acerca él a una partitura? “Una interpretación subjetiva es inevitable, incluso necesaria —reivindica—. De hecho, una aproximación totalmente objetiva es imposible. Aún con un estudio minucioso y un respeto absoluto hacia una partitura, no podemos olvidar que la escritura es limitada, mientras que las posibilidades de interpretación son infinitas. La música escrita cobra vida cuando unos seres humanos la interpretan y la ejecutan en un momento concreto para unos oyentes concretos. ¡Esa es la esencia de nuestra profesión!”.