Juan Uslé
El arte y la vida
Cualquier artista con más de 40 años de trayectoria se sentiría saciado, pero Juan Uslé —al que el Reina Sofía le dedica una retrospectiva— es diferente y confiesa que se siente joven y que aún tiene hambre. ‘Ese barco en la montaña’, así se titula, propone un viaje que va desde sus raíces cántabras al lugar donde desplegó sus alas, Nueva York. A su vez, los amantes del arte contemporáneo tienen una cita con él en ARCO.
El pasado es ese espejo que nos devuelve reflejos de lo que fuimos. Y no siempre es fácil sostenerle la mirada. Juan Uslé (Santander, 1954) ha realizado ese valiente ejercicio con motivo de la retrospectiva que el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía le dedica bajo el título Ese barco en la montaña —hasta el 20 de abril—. El resultado es un viaje que arranca con un hecho fundacional dentro de su imaginario, el naufragio del Elorre junto a los acantilados de Langre a finales de 1960, para, a partir de ahí, recorrer los más de 40 años de trayectoria de uno de los grandes artistas contemporáneos españoles —Premio Nacional de Artes Plásticas 2002—. “Al final acepto lo hecho y aprecio aún más lo sugerido, la posibilidad de que el viaje contenga múltiples resonancias”, asegura. Una travesía artística estrechamente ligada a ARCO —del 4 al 8 de marzo con el patrocinio de Iberia— desde su primera edición, tal y como rememora en la charla. De familia humilde, que Juan terminara dedicándose al arte parecía harto improbable, pero lo logró y su historia resulta inspiradora. “La pintura era, para la mayoría de los jóvenes, un camino de incertidumbre, especialmente para los que no veníamos de un contexto familiar solvente o vinculado por tradición a la cultura. Lo mío fue una pasión adobada con mucho arrojo, algo casi irremediable”, reconoce.
Cuéntame qué sentiste al recorrer las salas de la retrospectiva en el Reina Sofía. ¿Algo similar a la satisfacción?
La exposición es el resumen de una larga conversación, de un toma y daca entre el curador Ángel Calvo Ulloa y yo. Una conversación que me obligó a remover el pasado. Al hacerlo a veces se sufre, aunque también se produzcan placenteros reencuentros. No es fácil mirar atrás, más aún cuando el objetivo es mostrar hilos procesales y emocionales, pero en esa travesía aprendes a valorar y respetar otros juicios, también a asumir que incluso los desastres son pasos necesarios para emprender nuevos rumbos. Al recorrer las salas sentí muchas cosas… Más que satisfacción diría aceptación y fuerza, el deseo de seguir adelante, con hambre.
¿Cuánto queda de la mirada del niño que vivió de cerca el naufragio del Elorrio en el Juan Uslé de hoy?
El niño es germen y entraña, el ojo es el cerebro. No me olvido del niño, si lo hiciera rompería con el desarrollo natural de mi obra. A mediados de los 80 decidí centrarme en temas vinculados con mi infancia, necesitaba recuperar los cimientos de su mirada. El artista observa y medita, cuestiona y construye argumentos porque pasa muchas horas en el estudio. Yo necesitaba hacerlo buscando mi particularidad. Para ello tuve que apartarme del tranvía académico que representaba el espíritu de aquellos tiempos. Necesitaba profundizar y encontrarme a solas con mi germen, mis paisajes interiores y mis fantasmas, aquellos con los que fui creciendo.
“Necesitaba mirar hacia adentro y verme más a mí en mis pinturas. La duda y el miedo son necesarios, enfrentarse a una tela blanca no es una broma”
¿Tu obra es más autobiográfica de lo que parece a simple vista?
No puedo ser buen juez de mi obra, pero ojalá lo sea. A principios de los 80 pasé de hacer cuadros con mucha luz y color a otros más oscuros filtrados por mis propias vivencias. Sentí que tenía que recorrer caminos en soledad. Necesitaba mirar hacia adentro y verme más a mí en mis pinturas. La duda y el miedo son necesarios, enfrentarse a una tela blanca no es una broma. Hacer es pasar de la visión, de la idea, al cuerpo, la piel, la materia… Cada obra tiene su ADN y has de hallarlo. Yo no me identifico con esos talleres donde 15 o 20 personas rellenan las telas de un consagrado artista siguiendo sus pautas. Es muy bonito reconocerse uno en lo que hace, aunque la obra no sea formalmente perfecta.
Con el naufragio del buque Elorrio y su impacto en un joven Juan Uslé arranca la muestra. © Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía
Nueva York, adonde te trasladaste a mediados de los 80, fue clave en tu trayectoria. Así como tus raíces cántabras. ¿Cómo explicarías tu relación con esos lugares?
Uno es lo que es y lo que acierta a construir, somos un deseo de aprender y superarnos. El entorno siempre me ha alimentado, encuentro sentido y belleza a mi alrededor con facilidad. Quizás he mantenido esa mirada inocente, ese mirar ilusionado. Me recreo buceando en la imagen, pensando en su modo, su sentido y su porqué. Visité por primera vez Nueva York en 1985 y nos mudamos en el 87. Sentí la energía de la ciudad como algo hipnótico y apabullante. Algo similar a lo que ya había sentido en Valencia, donde estudié Bellas Artes. Me sentí más libre y acompañado de un nuevo espíritu aventurero, alimentado por las ganas de aprender y vivir nuevas experiencias.
Desde hace tiempo vives entre un pequeño pueblo cántabro (Saro) y una de las grandes urbes del mundo (Nueva York). ¿Cómo se conjugan y se traducen en tu pintura dos entornos tan antagónicos?
No los considero antagónicos, más bien son complementarios. Ambos me enriquecen. Eso sí, muchas veces estando en un estudio pienso en el otro; afortunadamente puedo seguir soñando desde ambos. La obra es el resultado de muchas cosas y, sin duda, el contexto vital influye. Ahora viajamos por el mundo de una manera difícilmente imaginable hace décadas y las experiencias vitales se han multiplicado. Precisamente por eso me aferro a la pintura, porque siempre fue mi deseo escondido, mi casi imposible compañero de infancia y, cuando he tenido la posibilidad de practicarla y dedicar mi vida a ella, lo he hecho sin titubear.
“Reivindico el tiempo lento, la permanencia, la contemplación y la reflexión. Trato de estar y vivir el mayor tiempo posible en el estudio, lo necesito”
En un mundo acelerado, reivindicas la lentitud del proceso pictórico. ¿Es también la mejor manera de aproximarse a tus obras?
Sin duda. Las obras necesitan madurar lentamente, hacerse ellas mismas, de modo que tú seas un mero instrumento, un hacedor pausado y secundario en la conversación. Reivindico el tiempo lento, la permanencia, la contemplación y la reflexión. Trato de estar y vivir el mayor tiempo posible en el estudio, lo necesito. Allí siempre surgen ideas, pensamientos, zozobras, nuevas puertas a nuevos proyectos. Es inevitable sentir la presión —los plazos están ahí—, pero desde la práctica lenta también se llega a las cosas. Como espectador procuro estar libre de reloj y de expectación, cuanto menos peso informativo llevo más suelo disfrutar frente al arte y desde el arte.
Al fondo, ‘The Little Human Element’, una de las obras más representativas de Juan Uslé. © Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía
Sueles citar la suerte como una de las claves en tu carrera. ¿Por encima del talento?
El talento es fundamental, claro, pero la actitud, el deseo y la suerte también juegan un papel importante y solemos olvidarnos de ellas. Suelo mencionar la suerte porque, en algunos casos —entre los que me incluyo—, sin ella, sin ese encuentro, sin ese estar en el tiempo y lugar indicados, quizás no hubiera tenido la oportunidad de desarrollar mi potencial. El origen de cada uno importa y no todo el mundo percibe en un joven unas cualidades que valga la pena apoyar.
Siempre has guardado una estrecha relación con ARCO. ¿Qué valoración haces del papel que ha jugado en la promoción y difusión del arte contemporáneo en España?
Para el mundo del arte contemporáneo español, ARCO es una referencia. Yo participé en la primera edición, en 1982, con la novísima Galería Montenegro. Me hizo mucha ilusión que Manolo Montenegro me invitara a mostrar en su stand una pintura grande y hacerlo junto a una obra icónica de Maruja Mallo, de la que ahora también hay una retrospectiva en el Reina Sofía. ¡Singulares coincidencias! ARCO supuso una ventana en el muro de una España bullente pero aún heredera de los tiempos grises del franquismo. Juana de Aizpuru tuvo una gran idea y dio a muchas personas la posibilidad de acercarse a nuevas formas de arte. A la idea de ver se unió la de mostrar, a través de esa ventana, lo que se cocinaba en el arte español. Con los años, ARCO se consolidó convirtiéndose en lo que es hoy: una cita ineludible.
En más de una ocasión has afirmado que la pintura es viaje, travesía, expedición. ¿Aún te quedan viajes artísticos por emprender?
Para mí la pintura ha sido elección, aventura y compromiso. Al principio había que tener mucha pasión para dedicarse a una empresa tan ajena a la idea de practicidad, futuro y seguridad. La ilusión siempre me ha acompañado y con esta práctica he ido comprendiendo muchas cosas sobre la vida, la sociedad y sobre mí mismo. Vivo en el estudio, ya sea en Nueva York o en Saro, y cuando viajo también me acompaña: siempre llevo una cajita de acuarelas en el bolsillo. Estoy siempre despierto, sorprendiéndome de mis propios pasos y de las posibilidades del pincel en contacto con un espacio en blanco, por muy reducido que sea. La pintura es un viaje porque en el proceso de formalización de una idea pueden acontecer muchas cosas, amanecer gratas sorpresas o amenazar grandes tormentas.